...empezaron a hablar en voz baja entre si. Una de ellas se acercó y me preguntó: - ¿Eres tú la que ha viajado por el mundo y estado en lugares que tan solo nosotras hemos visto en libros ?. Yo, la verdad, me sonrojé, pues no sabía de mi fama entre aquellas maletas, y extrañada respondí: - sí queridas compañeras, he estado en lugares donde el mar se une con el cielo, donde la noche no llega jamás, donde la luna es tan grande como el cielo y las plantas crecen allá por donde vas. Después de esto empezaron ha acercarse a mí esperando que les contara historias de esos lugares donde había estado y claro, no podía defraudarlas, y así lo hice. El armario estaba situado en el trastero, en la planta superior de la casa, justo debajo de la habitación de juegos de los niños así que siempre había mucho jaleo. Recuerdo que conocía de la existencia de aquella habitación porque una vez me utilizaron para llevar cosas allí, como soy tan grande metieron en mi interior un lámpara, una máquina de escribir, una mochila, una caja con libros, peluches, trofeos, álbumes de fotos, ceniceros y un casco de moto y los llevaron al trastero. Al armario entraban mochilas cada cierto tiempo, así que yo no me aburría, pues siempre tenía algo que hacer, contar mis viajes y aventuras que había hecho con aquella gran familia . Las que más disfrutaban con aquellas cosas que contaba eran las mochilas más jóvenes, esas que habían utilizado los niños, Julio, Vinllesa, Alberto y Talo para ir al colegio y que ahora descasaban allí. A mí también me gustaba que ellas se pusieran a mi lado para que les contara las historias y anécdotas de mis viajes y con el paso del tiempo empezaron a llamarme la abueleta Loleta. En aquel gran armario convivíamos muchas familias de maletas y mochilas pero cada cierto tiempo llegaba Paula y elegía unas mochilas las sacaba del armario y jamás volvían. – ¿Por qué no vuelve Reboketike? Ya ha pasado un año-, me preguntó la pequeña Milene. Yo sorprendida porque aún se acordara de aquella marcha no tuve más remedio que mentirle y le contesté: - Se ha marchado con el pequeño Talo, de viaje. – Y ¿dónde se ha ido Talo de viaje?, preguntó Milene. – A Irlanda, a estudiar así que tardará mucho en volver. Contesté yo. La pequeña Milene se entristeció un poco así que añadí: - Pero no te preocupes porque cuando regrese tendrá muchas historias que contarnos de su viaje y seguro que te trae algo. Todos los mayores del armario sabíamos lo que realmente sucedía cuando una mochila o maleta tardaba tanto en volver, era duro pero las modas y las nuevas tecnologías estaban acabando con muchas de las de allí. Las nuevas llegaban con aires de grandeza porque tenían ruedas, asas extensibles, cierres con combinaciones, eran rígidas e incluso algunas llevaban candados incorporados o que iban de “modernas” con sus colores “fashison”, apenas nos tenían respeto. A mí empezaron a llamarme Loleta la viejeta pero me daba igual porque había viajado más que ellas y tenía más aventuras que contar, y después de todo seguía estando en el armario. Así pasábamos los días en el armario, intercambiando nuestras aventuras por el mundo. Las mochilas de montaña nos fascinaban con sus detalles sobre cielos llenos de estrellas, picos colmados de nieve o casas ruinosas en medio de praderas. Las maletas modernas nos deleitaban con sus detalles sobre los medios de transporte, el tren, el avión, el barco y allí donde las habían llevado que sí un hotel con piscina en la terraza, que si un barco con pista de tenis. Y las más jóvenes, las mochilas de la escuela, fascinando.